¡Hola! Soy Loly.

Este blog, de pequeños relatos de vivencias actuales y de mi niñez, nació para contactar de forma diferente con familiares y amig@s.
Gracias por abrir esta ventana de un rinconcito de mí.

sábado, 30 de junio de 2012

UNA TARDE



Todas las tardes me divierto jugando a las casitas. La muñeca me espera en su rincón, también la cocinita, los platitos y los calderitos brillantes, como los de verdad, para llenarlos de comida: “ hierbas de hojas finas que son como fideos y quesitos de malva.” ¡Qué rica está!.

Pero esta tarde quiero hacer otra cosa.

-¿Por qué no vamos a ver a Rondinga?, hace tiempo que no la veo y no me gusta ir sola, le dije a mi hermana.
- Bueno, te acompaño
Pasamos por la vereda que hay en la acogida de agua, llena de ripios, piedras y cantos grandes; luego subimos hasta el monturro de tierra por unos escalones de pedruscos. Desde allí se ve la cuadra.
-¿Está Rondinga? ¿Qué está haciendo?
-Solo veo un bulto. Debemos acercarnos más.


Está en una esquina, al lado del muro derrumbado y delante de un montón de pajullo que usa de colchón. Sobre unas piedras hay un plato del mismo color que los calderitos de la muñeca.
Tiene el mismo traje azul descolorido, de talle alto que le llega hasta las canillas y un delantal de color gris pardo con un bolsillo que parece una alforja. Debajo del pañuelo le cuelgan los mechones de pelo blancos y greñudos. Entre el pañuelo, las greñas y el manoseo contínuo, solo se le ve un rebujón de ojos, nariz y boca.

- ¡Rondinga, Rondinga!
La llamo con ese nombrete; no le gusta y refunfuña: ¡gruouo!. Nos descubre, levanta la cara y mira de frente.
Parece un espantajo, un bicho blanco salido de una cueva por primera vez. Es pestiñosa, con los ojos brillantes y los párpados vueltos al revés y colorados como las agallas de un pescado. La nariz es redonda y echa un moqueo pegajoso que a veces lo tira al suelo o lo limpia con el pañuelo acartonado y que arrastra también las legañas amarillas. Los bezos son como dos trozos de carne sobrantes, rosados, revirados y resquebrajados por el sol.

La curiosidad cada vez es mayor. Hace movimientos raros con los brazos.
Tenemos que caminar unos pasos más – dije.

El tufo empieza a notarse. Me aprieto la nariz y me aguanto. La cuadra de animales es una mezcla de tierra, desperdicios de comida y rastros de hojas secas. Está descalza; apenas se mueve y se entretiene hurgando en el pecho para sacar las pulgas adormiladas en sus mamas, que luego las aplasta con las uñas. Escarba en las greñas alborotadas; arrastra los piojos y los mata; no son negros y chicos, como los que a veces se pegan en la escuela, sino blancos y abultados, y se ven enredados en el pelo y pegados en la ropa.

Creo que ya la hemos visto bien, estoy hastiada de tanta peste y suciedad.
Después me dice mi hermana que Dominga vive de limosna y pide comida de puerta en puerta; se ha abandonado en la calle y apartado de la familia.
Llegamos a casa, en silencio; no contamos nada ese día. Estamos azoradas, con el corazón apretuñado, como de haber hecho algo malo.

Me tranquilizo. Mi madre ya está preparada para tomarme la lección, ¡no falla!. Luego me enseñará la poesía o el papel que me haya tocado en la comedia. ¡Esto me gusta más! Cada día adelanto un poco en el ensayo para la próxima representación de teatro.




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