Todas las
tardes me divierto jugando a las casitas. La muñeca me espera en su
rincón, también la cocinita, los platitos y los calderitos
brillantes, como los de verdad, para llenarlos de comida: “ hierbas
de hojas finas que son como fideos y quesitos de malva.” ¡Qué
rica está!.
Pero esta tarde quiero hacer otra cosa.
-¿Por qué no vamos a ver a Rondinga?, hace tiempo que
no la veo y no me gusta ir sola, le dije a mi
hermana.
- Bueno, te acompaño
Pasamos por la vereda que hay en la acogida de agua,
llena de ripios, piedras y cantos grandes; luego subimos hasta el
monturro de tierra por unos escalones de pedruscos. Desde allí se ve
la cuadra.
-¿Está Rondinga? ¿Qué está haciendo?
-Solo veo un bulto. Debemos acercarnos más.
Está en una esquina, al lado del muro derrumbado y
delante de un montón de pajullo que usa de colchón. Sobre unas
piedras hay un plato del mismo color que los calderitos de la
muñeca.
Tiene el mismo traje azul descolorido, de talle alto
que le llega hasta las canillas y un delantal de color gris pardo
con un bolsillo que parece una alforja. Debajo del pañuelo le
cuelgan los mechones de pelo blancos y greñudos. Entre el pañuelo,
las greñas y el manoseo contínuo, solo se le ve un rebujón de
ojos, nariz y boca.
- ¡Rondinga, Rondinga!
La llamo con ese nombrete; no le gusta y refunfuña:
¡gruouo!. Nos descubre, levanta la cara y mira de frente.
Parece un espantajo, un bicho blanco salido de una
cueva por primera vez. Es pestiñosa, con los ojos brillantes y los
párpados vueltos al revés y colorados como las agallas de un
pescado. La nariz es redonda y echa un moqueo pegajoso que a veces lo
tira al suelo o lo limpia con el pañuelo acartonado y que arrastra
también las legañas amarillas. Los bezos son como dos trozos de
carne sobrantes, rosados, revirados y resquebrajados por el sol.
La curiosidad cada vez es mayor. Hace movimientos
raros con los brazos.
Tenemos que caminar unos pasos más – dije.
El tufo empieza a notarse. Me aprieto la nariz y me
aguanto. La cuadra de animales es una mezcla de tierra, desperdicios
de comida y rastros de hojas secas. Está descalza; apenas se mueve y
se entretiene hurgando en el pecho para sacar las pulgas adormiladas
en sus mamas, que luego las aplasta con las uñas. Escarba en las
greñas alborotadas; arrastra los piojos y los mata; no son negros y
chicos, como los que a veces se pegan en la escuela, sino blancos y
abultados, y se ven enredados en el pelo y pegados en la ropa.
Creo que ya la hemos visto bien, estoy hastiada de
tanta peste y suciedad.
Después me dice mi hermana que Dominga vive de
limosna y pide comida de puerta en puerta; se ha abandonado en la
calle y apartado de la familia.
Llegamos a casa, en silencio; no contamos nada ese
día. Estamos azoradas, con el corazón apretuñado, como de haber
hecho algo malo.
Me tranquilizo. Mi madre ya está preparada para
tomarme la lección, ¡no falla!. Luego me enseñará la poesía o el
papel que me haya tocado en la comedia. ¡Esto me gusta más! Cada
día adelanto un poco en el ensayo para la próxima representación
de teatro.
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