La luz que entra por la
ventana descubre la palidez de mi cara. Tengo flojera y me pesan los
círculos ojerosos que rodean mis ojos.
Mielitis, por la mucha medicación, - oí decir a Concha, mi mujer, que sonaron como palabras proféticas cuando hablaba con las niñas.
Las piernas no me responden. Estoy metido entre sábanas en la alcoba principal, ligera de equipaje: frente a la ventana está mi cama, que esconde el chato y la escupidera; a la derecha hay una mesa de noche con encimera de mármol, la esquina opuesta la ocupa una silla vacía, y a la izquierda de la cama, un ropero de doble hoja.
Cierto es que estuve internado en el Sanatorio y allí sentí el aislamiento por culpa del contagio de la enfermedad pulmonar, pero la mayor soledad y tristeza fue la de sentir la separación de la familia.
Mielitis, por la mucha medicación, - oí decir a Concha, mi mujer, que sonaron como palabras proféticas cuando hablaba con las niñas.
Las piernas no me responden. Estoy metido entre sábanas en la alcoba principal, ligera de equipaje: frente a la ventana está mi cama, que esconde el chato y la escupidera; a la derecha hay una mesa de noche con encimera de mármol, la esquina opuesta la ocupa una silla vacía, y a la izquierda de la cama, un ropero de doble hoja.
Cierto es que estuve internado en el Sanatorio y allí sentí el aislamiento por culpa del contagio de la enfermedad pulmonar, pero la mayor soledad y tristeza fue la de sentir la separación de la familia.
Ahora mi cuerpo, casi de dos metros, está aperruñado. Mis hijas me saludan cada mañana a través de la ventana, las veo y lloro como un niño angustiado en la cuna, con mi cuerpo estirado, sin fuerzas, sin poder siquiera estrecharles la mano. Siento el cariño de mi mujer que me atiende. Cuida de mi ropa; los platos y cubiertos los lava y desinfecta; todo aparte; toma precauciones.
Vivo momentos de alegría, como cuando siento la lluvia que limpia y empapa las huertas y la cosecha abunda y se olvida el trabajo duro del campo. Y otros momentos de tristeza como los días secos y ruinosos porque la naturaleza no quiere que la tierra dé ni para sacar la semilla. Estos ratos de magua y arrepentimiento son los que más abundan.
Y de mucho tengo que arrepentirme, pues cada mañana me levantaba expulsando golpes de tos y sacando esputos acumulados para ventilar los conductos de la respiración, porque el tabaco no era capaz de dejarlo. Mi mujer me peleaba cuando, por las mañanas, me veía fumando en ayunas, y yo, para no escucharla me alejaba, como un perro azorado, y me iba a esconder frente a la cuadra de animales. También, cada domingo y algunos días entre semana, me reunía con el grupo de amigos fumadores mientras jugaban al envite, y allí quedaba atrapado en medio de una envoltura de humo que bailaba sobre las cabezas hasta marear el ambiente. Estos juegos se prolongaban en las horas del mediodía y en las de las noches frías y húmedas.
- No fumes, Ramón - me decía mi esposa. Esta advertencia resonaba en el patio como un eco impertinente. A veces la impotencia le desencajaba la cara, y sonaba a amenaza de muerte, pero el vicio no me dejaba seguir sus consejos.
Concha acaba de traerme el desayuno: una rala de leche de cabra con gofio. Parece que me ha subido el ánimo y me ayudará a recordar. El día avanza y la claridad amplifica el cuarto y despeja las ideas.
De los tiempos difíciles de la posguerra tengo recuerdos satisfactorios, cuando algunas personas venían a casa para comprar un saquito de paja, con alpargatas raídas y los zurcos de la cara marcados por el trabajo y la miseria. Se iban con el saco lleno y el dinero en su bolsillo.
La guagua perrera esperaba cada mañana en Las Ventas para trasladar a los pasajeros a la capital. El movimiento empezaba desde muy temprano: con los estudiantes adormilados para ir al instituto; con las lecheras rodeadas de recipientes de aluminio que medían y vaciaban leche con la agilidad de un malabarista, y desprendían olor a ganado, a hierba fresca y a suero de leche. Vestían con blusa estampada de flores y falda larga de color marengo; mostraban gracia y picardía con expresiones cariñosas como “mi niño”, y ofrecían y vendían leche de casa en casa o en la Recova, siempre exagerando la calidad. Otras llevaban cestos de huevos recién salidos del gallinero; y los demás, como yo, iban a hacer los encargos: al Ayuntamiento, si la contribución estaba al cobro; a alguna ferretería, pues siempre faltaba alguno de sus productos; me informaba del precio del guano, de la cal, del cemento... y nunca faltó comprar un número de lotería, era ya una costumbre.
Pero lo que más me ilusionaba era llevarle una bolsita de caramelos y pastillas, comprada en casa de los Guerra, a la benjamina de la casa. Era una alegría compartida. Me esperaba delante de la puerta. Me daba un beso y le entregaba la bolsita tan deseada en época de escasez. Se los hubiera comido todos, pero tenía que compartir, por deber, con sus hermanas.
Recibía visitas frecuentes: de mi hermano Blas, que me traía noticias del Ayuntamiento, pues había sido alcalde; del cura, por si quería, tener a bien, recibir los sacramentos, y también de mis cuñados, sobre todo de Marcial y Guillermo, que se explayaban hablando para entretenerme. Me contaban de la buena o mala cosecha, de fanegadas de cebada recogidas, de la cantidad de sacos de cebolla que tenían para embarcar, pero sobre todo hablaban de la viña. Hacían un recorrido por el almanaque, desde la primera poda hasta el primer trago de aguapata. Y esto a mí me ilusionaba y me acordaba de la finca La Tapona, cubierta de arena de volcán y cercada de parras, que se llenaban en primavera de frondoso pámpano. La compré después de casarme, y Manuel, el jornalero, la cuidaba como si le perteneciera.
Viví dias felices con mi familia: con mi esposa, laboriosa y casera; con mis hijas, que les advertía . del respeto y la compostura, y también de las buenas formas de hablar - No se contesta con monosílabos, llegué a corregirles en una ocasión.
Los días suceden, callados, ya tienen poco que contarme. Y tampoco me hablan estas cuatro paredes que me tienen apresado. Tengo 62 años y mi cuerpo está agotado. Hoy es día 10 de septiembre de 1960.
Mi espíritu, mi alma, se agita en los lugares donde hay una ilusión, una alegría, y siempre permanecerá entre las personas que me recuerdan con cariño.
Lolita me ha encantado. Un recuerdo muy bonito y sobretodo emotivo. Felicidades Maria Jose
ResponderEliminarGracias Mª José, Es un placer vigorizar el pasado con estos relatos,que siempre serán la sombra del presente y del futuro.
ResponderEliminarUn abrazo Loly