En un pueblo de la isla, a veinte kilómetros de la capital, vivían Miguel y Candelaria. Era un matrimonio distinguido y apreciado. Se enamoraron desde la adolescencia y esa chispa de amor prendió como la llama de una hoguera en noche de San Juan.
Sus rasgos físicos y sus formas de ser eran antagónicos, lo cual los hacía más populares. A don Miguel le rondaba siempre el buen humor y era tan amigable como festivo, pero lo que realmente lo distinguía era su joroba adherida a su pequeña estatura que, desde la infancia, siempre la llevaba consigo. Esa malformación no le impidió gozar de las satisfacciones de la vida, ni le producía complejos inútiles, ni fue obstáculo para enamorar a su esposa, con la que alardeaba de ser tan feliz.
Doña Candelaria, por el contrario, era de espalda ancha y de mediana estatura, aún así le sobresalía a su esposo dos palmos. Su imagen se completaba con una tez pálida y facciones desabridas que le delataban un acusado desánimo, producto de su carácter débil y quejoso.
Transcurrieron los años y la convivencia entre los esposos pronto se vio afectada, pues se descubría por momentos sus notorias diferencias en sus pensamientos y caracteres. A pesar de todo, disfrutaron del cariño de sus tres hijas, guapas y bien proporcionadas y la casa se les llenaba frecuentemente con sus numerosos nietos.
Cuando a don Miguel le llegó la hora y el día de la jubilación, el tiempo de convivencia con su esposa se agrandó y los problemas llegaron en cascada. Los quejidos y caprichos de su esposa se multiplicaron y un ambiente enrarecido sombreó todos los rincones del hogar.
La situación se agravaba cuando le sobrevenía alguna de sus enfermedades, pues los lamentos diarios, quejumbrosos, y ya manidos de Candelaria, se convertían en un eco maldecido:
“Ahora sí”, “ahora no”; “Ahora me duele aquí”, “ahora me duele allí” ; “No quiero comer”, “sí quiero comer” ...
A su esposo se le hacía insoportable aquella vida de pretensiones que generaba una atmósfera agria e irrespirable. Su mente, refugiada en momentos de silencio, se preguntaba: ¿por qué nos pasa esto?, ¿por qué se nos niega un poquito de felicidad?... y nunca encontraba respuesta. Los consuelos eran en vano y las angustias infundados se agrandaban como pompas de jabón. Miguel nunca se doblegó a esa situación penosa. Soportó y lidió hasta el final, aunque no pudo combatir el atavismo melancólico que descubrió en su ya despreciable esposa.
Muy pronto el señor Miguel enviudó y un redoble de campanas festivas resonó en su interior. Se sentía como un preso en libertad. Maldijo su mala suerte, que ahora cambiaría por una vida plena de alegrías y placeres.

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