El paseo diario de la mañana nos permitía descubrir un rinconcito de la ciudad donde un día decidimos fijar la residencia.
Aquí y allá, nuestras miradas serpenteaban por las calles rectilíneas buscando en cada rincón su esencia: el origen de aquel festoneado verode pegado a la pared como auténtica sanguijuela; el de las múltiples pisadas de nobles y plebeyos sobre los pulidos adoquines o, en la espadaña, la campana que despierta el silencio monacal.
Pero aquel día, sombreado de nubes otoñales, dejamos atrás las calles encorsetadas de muros y fachadas y nos adentramos en las afueras, donde la vegetación protagoniza los espacios aireados y el paseo se hace más placentero.
Fue en una calle transversal donde, en medio de la hilera de árboles sobresalía uno, cuyas ramas se alargaban y entretejían como una red formando, con su cimero follaje, una gran bóveda en todo lo ancho. La amplitud de aquel árbol le permitía adentrarse en el jardín del lado opuesto. Algunas ramas tuvieron que ser cortadas, quedando el sello de la mutilación como fiel testigo.
Pronto quedé atrapada bajo aquella carpa vegetal, y una sensación de vacío y misterio envolvió mi cuerpo. Mi cuello, con movimientos contorsionistas, se prolongó para seguir, con mirada firme, el camino de sus ramas hasta perderse en las últimas bifurcaciones.
Sus gajos, gruesos y acolchados, tenían aspecto petrificado. Perecían cepas de vides agrietadas e inertes que contrastaban con su frondosa copa, cuyas pequeñas hojas ondeaban como alas de mariposas, pero tan adheridas al leño que ni la fuerza del implacable otoño las podía deshojar.
Nació detrás de una tapia amarilla que cubría parcialmente su tronco robusto, dotado de múltiples anillos con orla de oro que los años le habían otorgado merecidamente. Imaginaba a las raíces como tentáculos de un pulpo gigantesco sumergidas en el subsuelo en busca del sustento.
Me sentí pequeña, como al pie de un abuelo de rostro envejecido, pero lleno de vigor y sabiduría y a quien debía de hacerle algunas preguntas del pasado:
-¿Quién te vio nacer? - ¿quién meció tu cuna ?, le cuestionaba.
Su origen se me antojaba impreciso, tal vez fue desde el principio, desde que la ciudad empezó a contar su historia.
De forma instantánea, mi mente se dispersó en escenas de fantasía: una, de risueños y burlones enanitos que saltaban como muñecos de goma a punto de tomarme como rehén; otra, de murciélagos colgantes y tenebrosos en noches de invierno, y de serpientes silenciosas e hirientes desperezándose en sus ramas.
Mi esposo apenas se detuvo, una mirada de soslayo le bastó para percibirlo y, sin reflejar en su rostro ningún atisbo de admiración, siguió el camino con paso lento hasta encontrarse de nuevo conmigo. Llena de encanto aligeré el paso, no sin antes volver la cara y dar la última mirada.
Aquel alcornoque centenario, sito en la calle Concepción Salazar, quedó fijado en mi retina, y en mi mente brotó una idea singular:
¡Tal vez lo plantara el mismo Adelantado!
Me encanta ese árbol
ResponderEliminarSé que te gustó, ¿verdad que vale la pena acercarse a él y sentirse protegido bajo su copa?
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