Llegó a Lanzarote en el correíllo La Palma procedente de Gran Canaria. Era una cría de cachorra que le regalaron a mi hermana la mayor, allá por los años cincuenta. Mis lejanos recuerdos proceden de la etapa adulta. Se le llamó Sultana, quizás porque ya se le vislumbraba un porte de bien nacida. Un pelaje lacio de color azabache cubría su larga estatura.
Era una perrita tierna y cercana. Buscaba la complicidad y el cariño compartido cuando se nos echaba a los pies. Discriminaba con claridad la naturaleza del ruido con movimientos continuos de orejas y rabo. Respondía con desafiantes ladridos en forma de eco cuando, personas desconocidas de su entorno, tocaban con golpes duros en aquellas puertas de tea: bien por las puertas de atrás para comprar algunos kilos de granos o sacos de paja, bien por las puertas de delante para vender, como la mujer graciosera que traía pardelas, o el árabe que ofrecía retales, siempre de ganga, o el gitano, vendedor de joyas en maletines de doble fondo. Otras maneras usaba cuando tocaban las personas conocidas, o Manuel, el jornalero, que era como de la casa.
Tenía multiplicado su instinto, pero en este caso de ladronzuela. Sentía especial atracción por los aromas y el sabor de los quesos amarillos que el cura conservaba en una improvisada fresquera en el traspatio de su casa. Éstos estaban reservados para los pobres, enviados para la ocasión por el gobierno estadounidense. Los hurtaba uno a uno y, cual perversa y astuta zorra, los enterraba sigilosamente en un terreno de casa para luego darse el gran banquete. El cura tenía alertados a los vecinos de aquel hecho insólito, sin encontrar ninguna respuesta. Un día Manuel, mientras araba la tierra, se sorprendió al ver brotar, de la reja del arado aquellos grandes y sabrosos quesos. Al fin no sé si sólo bastaron disculpas o hubo, en justicia, que restituir lo robado.
Era enérgica y dócil; audaz y paciente; una especie de mestizaje entre la elegancia más sutil y el ingenio más ocurrente. Cuando mi padre se retrasaba en la hora del almuerzo, que era a su vez un encuentro formal de la familia, Sultana notaba su ausencia y, con movimientos ostentosos, llegaba hasta él para reclamar su presencia. Sabía, sin duda, que era el cabeza de familia y que tenía que presidir y bendecir la mesa.
La época de celo era convulsa. Los perros, guiados por su instinto, venían desde los rincones más lejanos y, como hipnotizados sin responder a ningún mensaje, esperaban pacientemente una puerta semiabierta para poder entrar. Fueron vanos los medios que usé para impedirlo, ajena a ese proceso natural. No había barreras posibles que se lo impidiera. Había un veterinario para atender a toda la isla y éste no se ocupaba de esterilizarlas.
Le sucedieron numerosos partos, tantos como su naturaleza le permitió. El período de gestación culminaba con una tierna estampa maternal: “Sultana amamantando a su camada, con ojos vidriosos y cansados, en una esquina sombría del cuarto, donde el recelo de madre no se puede quebrantar”. Fue uno de esos momentos donde mi hermana, la cuarta, demostró tener una dimensión artística destacada al dibujar, de forma espontánea y con gran realismo, aquella singular escena.
En los paseos que mi padre daba en burro a la finca La Tapona, en el Islote, para vigilar o traer los frutos de temporada, Sultana le seguía de forma incondicional, cual lazarillo a la sombra de su dueño. En una ocasión, al regresar a casa, tuvo un infortunio al caerse del burro. La perra, con espíritu samaritano, avisó a mi madre que, extrañada por su comportamiento, descubrió fácilmente lo sucedido.
En la temporada de la uva, estaba prohibido que los perros se acercaran a la viña. Para evitar que se incumpliera la norma, se le ataba con una soga al cuello. Pero, en aquella ocasión, al verse privada de libertad y llena de rabia tiró repetidas veces de la soga que, poco a poco, le fue limando el cuello hasta producirle una herida, sin que la familia se percatara de ello. Finalmente la herida gangrenosa terminó con su vida. Fue una pérdida que tardó muchos años en olvidarse. Se la llevó al Islote y allí se enterró al pie de un naranjero, con la creencia de que sus cenizas fertilizaran la tierra. Y se cumplió el pronóstico porque, al año siguiente, aquellas flores de azahar se transformaron en hermosas y dulces naranjas.

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