Dedicado a mi nieto
Pablo,
para que disfrute de su
afición a la lectura.
Enero de 2021 – Loly
Ferrer
El pirata William
Mi abuelo siempre me
decía: tú serás algún día un gran explorador.
Perdón, no me he presentado. Soy William y nací en Assen, una
ciudad de Holanda, en el norte de Europa. De pequeño me gustaba jugar en los
charcos que había en la calle, los salpicaba con los pies y jugaba con los
barquitos de papel que el abuelo me hacía, pero pronto quedaban despachurrados.
Una vez puse cara de triste y mi abuelo le dio tanta pena que hizo uno con un
trozo de madera; y con un palo y tela de una camisa vieja hizo una vela.
-Guau!!!, me quedé
flipando. Éste sí es un barco auténtico.
Era un bergantín, y
con una tripulación de veinte marineros empezó mi primera aventura. Yo era el
capitán; además, llevaba un mosquete, una pistola y algunos cuchillos, por si
pudiera haber algún peligro. ¡Ah!, y el parche, que no podía faltar.
- Es la ballena azul, el animal más grande del planeta, dijo Peter,
el contramaestre, que tenía muchos años y muchas millas de navegación a sus
espaldas. Llevaba un garfio en la mano izquierda porque un tiburón le arrancó
la mano de una sacudida y casi se lleva el cuerpo entero.
Escapamos de aquel
lugar y cogimos otra ruta, el mar estaba tranquilo y nos gustaba estar en la
cubierta viendo las olas y bandadas de mirlos cruzando el cielo. El sol le daba
paso a la luna, y las estrellas brillaban como piedras preciosas. Con suerte, distinguimos
la estrella Polar, la más brillante de todas, y ella nos indicó el camino,
porque no llevábamos brújula a bordo.
Pronto el cocinero
nos advirtió que los víveres estaban escaseando; sólo quedaba
en la bodega una docena de huevos de tortuga, galletas enmohecidas, tres botes
de miel, un barril con agua un poco turbia, algunos trozos de carne asada y
cinco latas de conserva.
Entonces ideamos
hacernos piratas. Al día siguiente tuvimos que atracar uno de los barcos que
atravesaban el océano y
-¡Al abordaje!…Entonces subimos de sorpresa a cubierta. La
pelea no fue muy dura porque hicimos un
trato y sólo nos aprovechamos de algunos alimentos y de un cofre lleno de joyas
que las podíamos vender para comprar más comida.
Todo fue inútil, el
barco se hundió y sólo pudimos salvar el cofre con el tesoro.
Al día siguiente le
hicimos una fiesta al capitán porque nos salvó la vida.
Algunos días después,
cuando una mañana navegábamos tranquilamente, me sorprendió una paloma
mensajera que se posó en mi rodilla. Traía una carta en el pico, e inmediatamente
leí, y decía:
- Hay un niño, Pablo,
que vive en Canarias, en la isla de Tenerife, que tiene un barco de pirata y te
lo puede regalar para que sigas navegando por todos los océanos del mundo.
- ¡Qué bien!, yo quiero conocer a ese niño tan
atento y cariñoso. También me gustaría conocer esas aguas del Atlántico porque
he leído que hay poblaciones de calderones, cachalotes, delfines, también la
tortuga boba, y otras especies más pequeñas como el chicharro. ¡Qué alegría!
- Gracias amigo! ¡Estoy muy agradecido!, le contesté en la carta
mensajera.
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