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Este blog, de pequeños relatos de vivencias actuales y de mi niñez, nació para contactar de forma diferente con familiares y amig@s.
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viernes, 22 de enero de 2021

Cuento El pirata William

 

Dedicado a mi nieto Pablo,

para que disfrute de su afición a la lectura.

Enero de 2021 – Loly Ferrer

El pirata William


Mi abuelo siempre me decía: tú serás algún día un gran explorador.

Perdón, no me he presentado. Soy William y nací en Assen, una ciudad de Holanda, en el norte de Europa. De pequeño me gustaba jugar en los charcos que había en la calle, los salpicaba con los pies y jugaba con los barquitos de papel que el abuelo me hacía, pero pronto quedaban despachurrados. Una vez puse cara de triste y mi abuelo le dio tanta pena que hizo uno con un trozo de madera; y con un palo y tela de una camisa vieja hizo una vela.

-Guau!!!, me quedé flipando. Éste sí es un barco auténtico.

  Y aquí empieza mi historia de verdad, porque de mayor me hice fuerte y valiente, me gustaba las aventuras y quería navegar en un barco grande de esos que tienen muchos palos y velas.

   Era un bergantín, y con una tripulación de veinte marineros empezó mi primera aventura. Yo era el capitán; además, llevaba un mosquete, una pistola y algunos cuchillos, por si pudiera haber algún peligro. ¡Ah!, y el parche, que no podía faltar.

  Surcando las aguas del norte, unos sonidos parecidos a los rugidos de dinosaurios, nos hizo temblar de miedo. Era enorme, aparecía y desaparecía y en un soplido expulsaba un chorro de agua y vapor.

 - Es la ballena azul, el animal más grande del planeta, dijo Peter, el contramaestre, que tenía muchos años y muchas millas de navegación a sus espaldas. Llevaba un garfio en la mano izquierda porque un tiburón le arrancó la mano de una sacudida y casi se lleva el cuerpo entero.

   Escapamos de aquel lugar y cogimos otra ruta, el mar estaba tranquilo y nos gustaba estar en la cubierta viendo las olas y bandadas de mirlos cruzando el cielo. El sol le daba paso a la luna, y las estrellas brillaban como piedras preciosas. Con suerte, distinguimos la estrella Polar, la más brillante de todas, y ella nos indicó el camino, porque no llevábamos brújula a bordo.

   Pronto el cocinero nos advirtió que los víveres estaban escaseando; sólo    quedaba en la bodega una docena de huevos de tortuga, galletas enmohecidas, tres botes de miel, un barril con agua un poco turbia, algunos trozos de carne asada y cinco latas de conserva.  

  Entonces ideamos hacernos piratas. Al día siguiente tuvimos que atracar uno de los barcos que atravesaban el océano y que venían cargados de tesoros. Con el catalejo vimos uno a lo lejos. Nos acercamos y…

-¡Al abordaje!…Entonces subimos de sorpresa a cubierta. La pelea no fue   muy dura porque hicimos un trato y sólo nos aprovechamos de algunos alimentos y de un cofre lleno de joyas que las podíamos vender para comprar más comida.

   Al día siguiente, descansados de aquella gran hazaña, seguimos la ruta y después de muchos días llegamos al sur de América, y cerca del estrecho de Magallanes nos sorprendió una gran tormenta con lluvia y mucho viento tanto que las olas casi rodeaban el bergantín. Salimos ilesos. Recordé lo que un día contaba el abuelo sobre los peligros de la mar. “Si algún día te ves en apuros, tienes que poner rumbo en la misma dirección que el viento y la mar”.  En el mar del Caribe nos sorprendió un calamar enorme, de casi diez metros de largo. El peligro asechaba. Sus enormes tentáculos arrastraban el bergantín como queriendo hundirlo. Se camuflaba entre la tinta que echaba y nos confundía. Nos pusimos todos en alerta con nuestras armas, pero no podíamos sostenernos, pues el barco parecía una cascara de huevos en alta mar. Una goleta que navegaba muy cerca vino a ayudarnos porque escuchó los gritos de socorro de la tripulación.

  Todo fue inútil, el barco se hundió y sólo pudimos salvar el cofre con el tesoro.

  Al día siguiente le hicimos una fiesta al capitán porque nos salvó la vida.

  Algunos días después, cuando una mañana navegábamos tranquilamente, me sorprendió una paloma mensajera que se posó en mi rodilla. Traía una carta en el pico, e inmediatamente leí, y decía:

- Hay un niño, Pablo, que vive en Canarias, en la isla de Tenerife, que tiene un barco de pirata y te lo puede regalar para que sigas navegando por todos los océanos del mundo.

  - ¡Qué bien!, yo quiero conocer a ese niño tan atento y cariñoso. También me gustaría conocer esas aguas del Atlántico porque he leído que hay poblaciones de calderones, cachalotes, delfines, también la tortuga boba, y otras especies más pequeñas como el chicharro. ¡Qué alegría!  

 - Gracias amigo! ¡Estoy muy agradecido!, le contesté en la carta mensajera.

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