La envergadura de las alas de aquel águila era superior. El vuelo de mayor altura, unas veces planeado y otras acrobático, traspasaba los límites de la sensatez. ¡Qué locura!, murmuraban sus congéneres siempre sujetos a los estrictos esquemas.
Experimentó nuevas sensaciones: sintió el miedo cuando se caló por entre las nubes grises de invierno y su cuerpo yerto casi se pierde en el vacío; cruzó el arco iris y disfrutó de la belleza de sus colores que pronto se incrustaron en su oscuro plumaje, y hasta rozó la vanidad cuando le hizo un guiño al sol y éste le replicó con sus rayos fulgurantes que transformaron su imagen y le hicieron sentir la gloria del ave Fenix.
El águila “locura” regresó a su hogar. Compartió sus nuevas emociones y una suave y discreta masa de aire rellenó los espacios.
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